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      Durante muchos años me odié; al mirarme al espejo lo único que sentía era odio y repulsión. Cada centímetro de mi cuerpo quería que desapareciera. Evitaba mirarme al espejo, me golpeaba al verme, me escondía e incluso me daba vergüenza salir a la calle. A estos sentimientos de desprecio esperables en todas las jóvenes víctimas de una presión estética normalizada en nuestra sociedad que penetran nuestros pensamientos haciéndonos creer que debemos ser y actuar de formas inimaginables, se sumó un trastorno que fue mi gran enemigo durante 10 años: la Tricotilomanía.  Este trastorno se destaca por una necesidad irresistible y recurrente de arrancarse compulsivamente el cabello. Imagínenme siendo una niña, recién entrando a la adolescencia, teniendo que lidiar con el sentimiento de ser un bicho raro. Todas las chicas con sus cabellos largos y brillantes, todas los anuncios publicitarios dando el mensaje de que la completud de una mujer se logra teniendo un pelo pantene. Sufrí mucho, me escondí, me aislé, deje de ser yo. Todos los días recibía preguntas acerca de mi "corte raro", esta pregunta me hacía temblar por dentro. Lo peor era cuando tenía relaciones sexuales; terminaba manchando a la persona y las paredes de la sombra negra que utilizaba para cubrirme los huecos pelados de la cabeza. Todo lo que sentía era vergüenza, desprecio y culpa. Pasé días sin salir de casa, me ausenté a montones de reuniones sociales, lloraba cuando alguien no me miraba a los ojos sino al pelo.

     Ya cansada de tanto odio, empecé a mirarme más al espejo; al principio me costaba mucho contener todos esos pensamientos negativos que se me venían a la mente, pero de a poco pude desprenderme de ellos y empezar a reemplazar cada pensamiento negativo por uno positivo. Poco a poco me empecé a querer y gustar. Comprendí que la felicidad no pasa por tener o no tener celulitis, sino que pasa por otro lado. 
      La fotografía es una herramienta que me ayudo muchísimo en este proceso de amor propio. Empecé sacándome autorretratos y de a poco fui animandome a posarle a otras fotógrafas. A partir de todo esto intento aportar un granito de arena a todas aquellas personas que quieran animarse a sacarse fotos en un espacio libre de prejuicios con el compromiso de dejar por un segundo de lado las inseguridades. A través de las sesiones propongo realizar ejercicios cognitivos que me ayudaron y retratar aquellas zonas de conflicto con el objetivo de introyectarlas y quererlas. 

 

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